26 nov 2011

Pride.

Primer capítulo de MI novela.

Abrió los ojos. Un ruido estridente taladraba sus oídos sin ofrecer descanso. Era una mañana fría, como las que se acostumbran en ésta época del año. Podía sentirse la gélida bruma quemar la garganta a cada aliento; así como se escuchaba el silbido del viento al atravesar las ventanas. Todo armonizaba perfectamente, como una dulce y mortal sinfonía; agradable al oído, hiriente al cuerpo.
Era uno de esos días en los que es mejor quedarse en cama que si quiera poner un pie fuera de casa, pero, ¿quién iba a saberlo? Afrontémoslo, todos estamos a merced del destino, de Dios, del Karma, no lo sé. Es como una rueda de la fortuna, a veces llegas a la punta y logras ver todo el panorama; mientras que otras, estás tan abajo, que no te queda de otra más que subir.
La alarma seguía sonando. Parecía como si llevara una eternidad con su chirrido, como si nada fuera a detenerla, nunca. Le tomó toda la fuerza que tenía en el cuerpo sacar el brazo del abrigado, cálido y protector refugio de cobijas para detener el agonizante ruido.  Y así se quedó. Inmóvil y en silencio, tomando coraje para arrojar su abrigo y pasar frío. Mentalmente contó: uno, dos, tres. Y cerrando con fuerza los ojos en una mueca de dolor, apartó a un lado las cobijas mientras de un salto, se sentaba en la orilla de la cama.
La piel se le erizó al momento que sintió el frío matinal inundar cada parte de su ser. En su mente bailaba la idea de correr a refugiarse en su cálido albergue, pero se resistió. Puso los pies descalzos en el suelo, a sabiendas del martirio que le esperaba. Ahogó un gemido para intentar tolerar tan cruel tormento y con un profundo suspiró que le caló hasta el alma, se dio cuenta que ese era sólo el comienzo.
Después todo pasó muy rápido. Intento hacerlo todo lo más pronto posible; mientras más rápido se terminara, mejor. Ni siquiera se escuchaban sus pasos adormilados en la gélida oscuridad. Se abrió la puerta de la habitación justo antes de abrir la del baño. Cuando menos se dio cuenta, el vapor de la cascada de agua caliente había saturado el pequeño cuarto de baño. Se sentía… agobiada, asfixiada, sofocada y a la vez aliviada de aquella relajante toxina gaseosa. Al fin pudo inhalar como se debía, sin restricciones y sin sentir navajas correr por sus pulmones al hacerlo. Era un alivio sentir el agua caliente rodar por su cuerpo, mas era un arma de doble filo. Entre más cómoda se sintiera ahí, el frío del exterior sería aún más cruel al salir de la regadera; pero eso no le importaba en ese momento, nada más importaba.
De nuevo, al salir de la ducha, hizo todo tan rápido como pudo para no prolongar el sufrimiento. Cerró las perillas del agua de la regadera, se secó y envolvió en una toalla y alborotó su cabello en un burdo intento de quitarle la humedad. Prácticamente corrió a la habitación y se puso el feo uniforme del colegio. Mientras se miraba al espejo desenredando las marañas que llevaba por cabellera, pensaba en lo monopólico y tirano de esa prisión camuflada. Comenzaron a llegar los recuerdos y prefirió enfocarse en lo horrible y cansada que se veía. Pensó en obviar el maquillaje. Qué más daba, ni todo el maquillaje del mundo le iba a disimular ese mal aspecto, pero eso significaría estar diez minutos antes en la escuela, por lo que la rutina de belleza, se llevó a cabo sin inconvenientes.
Una vez lista, bajó a indagar en el refrigerador si habría algo que desayunar. Tenía tanto en la cabeza, que se había olvidado de comer bien recientemente, pero no había nada. Un par de cajas de cereales; una integral medio vacía cuyo contenido no olía diferente al acartonado empaque, y otra que sólo tenía residuos de algo azucarado seguramente. Unas cuantas latas de conservas, uno que otro yogurt pasado, porciones a medias de embutidos, verduras crudas; nada comestible. Puso sus manos sobre su abdomen para contener el rugido que la ensordecía y volvió al segundo piso a cepillarse los dientes.
Mientras lo hacía, el olor a mentolado la apaciguaba aún más y vislumbraba en el espejo aún empañado del vapor de su baño previo, su melena alborotada y enredada con esmero. Era mejor dejar las cosas así. Cada vez que intentaba hacerse cargo de ese asunto, acababa siendo peor. Así que con un lamento siguió la ya empezada tarea con movimientos torpes y mecánicos.
Trataba de prolongar la partida cuanto fuera posible, tal vez así, con un retardo, los dictadores que se hacían llamar directivos, se limitarían a regresarla a su cómoda cama, sin embargo el plan se vio frustrado por el chirriante claxon del auto de su madre, que estaba impaciente esperándola ya afuera.
Arrastrando los pies y la mochila, logró abrirse paso desde el segundo piso hasta el vehículo y desde ahí, sólo pudo saber de la música de la estación que sonaba en el radio; Caifanes. “No dejes que nos coma el diablo amor; que se trague tu calor  y eructe mi dolor; no dejes que…”, muy apropiado. Había algo en esas palabras, en esos acordes que hacían que simplemente recargara la cabeza contra el asiento, y cerrara los ojos. Hay  momentos en los que simplemente debes dejarte llevar, y ella lo hizo en ese instante, mientras el usualmente desesperante tránsito, le daban cada minuto más y más esperanza de tener la oportunidad de regresar a recostarse.

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